viernes, abril 22, 2005

Rufino parte 1

9-Mayo de 2003

Salomé era como cualquier niño o por lo menos lo era hasta el día en el que el destino hizo su jugada. Su vida, desde el momento de su nacimiento no había sido pacífica del todo sino simplemente común y corriente. Nunca fue muy aplicado en la primaria, al contrario, formaba parte del grupo de niños antisociales que de todo renegaban. Fue expulsado en varias ocasiones de la escuela por golpear compañeros y gritarle a sus profesores. Cuando era castigado por sus padres, solía encerrarse en el ático a escuchar música pesada (que ya en estos tiempos no es nada raro; he visto niños que ni siquiera aprenden a hablar correctamente y comprando discos de Papa Rouch al lado de sus madres) e imaginar que se transformaba en fantasma y cruzaba el techo, acompañado de Rufino, su amigo irreal, librándose de todos los pesares de su casa.
El padre era alcohólico, vicio que lo raptó desde joven. Se había casado y tenido un hijo antes de procrear a Salomé, pero por azares de la vida, ese hijo había muerto en un accidente y el padre era culpable de dicho acontecimiento, razón por la que se refugió aun más en la bebida. La madre por su parte, era una mujer que carecía de carácter al haber vivido toda su vida inmersa en un ambiente machista y tosco, donde la mujer era lo más parecido a un ser sin voz ni voto.

Todas las noches se armaban teatritos llenos de violencia en el comedor, a la hora de cenar. La policía les visitaba a menudo por quejas vecinales, pero la mujer nunca se atrevió a denunciar al marido, error que le costaría mucho unos días más adelante.
Y mientras el papá golpeaba a la madre, Salomé sufría impotente al no poder hacer nada, y corría a su guarida, el ático, a platicar con Rufino, que siempre aparecía en ocasiones como aquellas, donde sólo él podía tranquilizarlo. Lloraba horas, lágrimas de rencor y angustia, pensando en cómo podía salir de esa situación y librar a su madre de viles y crueles tormentos. En fin, no podrían creerme las noches que pasó así aunque se las dijera.

Era un lunes por la mañana, y Salomé se despertó tan alegre como no se le había visto en meses. Sabía que era su décimo cumpleaños y esperaba recibir los regalos que había pedido a sus padres. Y en efecto, esa mañana recibió lo que tanto había añorado, un cachorro pastor alemán, totalmente negro con pequeñas islas de color dorado, al que nombró sin dudarlo Gomitas, por las pequeñas bolitas negras que los perros tienen en las patas.
Salomé era el niño más feliz del mundo ese día, nunca se imaginó que eso estaba por cambiar totalmente.
Después de celebrar opacamente sus 10 años, se marchó a la escuela, tenía clase de matemáticas, no podía llegar tarde, el profesor Aquino era muy estricto y no quería problemas con él. La clase transcurrió normalmente, y al terminar, Salomé salió del aula y se dirigía a su clase de español, cuando el director se le aproximó:

- ¿Qué nunca vas a corregirte Salomé? ¡Esta vez estás en graves líos, ven a mi oficina inmediatamente!
- ¡Pero no he hecho nada! - exclamó el niño asustado.
- ¡Eso lo veremos, de esta no te escapas! - Arremetió el director en contra de él encolerizado como nunca antes lo había hecho.

Al llegar a la oficina, cual fue la sorpresa para Salomé de ver que su madre se encontraba allí, sentada en el sillón, con la cara totalmente pálida, pareciendo esperar lo peor:

- Alguien ha vandalizado el gimnasio con puras blasfemias y dibujos obscenos, y hay alumnos que te han delatado y que afirman que tú has sido el perpetrador - aseguró el director.
- ¡Eso no es cierto! – gritó Salomé con voz nerviosa – ¡sería incapaz de hacer algo así!
- ¡Pues no sé y ya no importa, he decidido expulsarte de la escuela definitivamente, ya no te tolero nada mas! ¡Esta fue la gota que derramó el vaso! ¡Ve por tus cosas y váyanse por favor, no los quiero volver a ver en mi primaria!
- ¡Pues váyase a la verga pinche ruco cabrón! – le gritó Salomé al señor director mientras salía corriendo de la oficina, y detrás de él, su madre.

El transcurso de la escuela hacia la casa fue inquietantemente callado, y no por no saber qué decirse entre ellos, sino por terror al pensar en cómo reaccionaría el padre al enterarse de la expulsión del infante.
La noche cayó, se sentía el nerviosismo en la casa, se acercaba la hora en la que el padre llegaría a cenar.

2 Comentarios:

Blogger : Cervantes : dijo...

Qué paso con Salomé??

Muy buenos tus escritos.

Cuidate.

abril 23, 2005 7:25 p.m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Gracias por tu comentario. Este fin de semana no pude postear nada pero ya pondre las otras dos partes. Saludos!
Smells

abril 25, 2005 1:53 p.m.  

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